El número 94.974, premiado este año en el Sorteo del Niño, lo hemos vendido en la administración de Loterías el Espejito Roto de Arcos de la Frontera (Cádiz). Le damos la enhorabuena a todos los afortunados que han comprado el 94974
 Una breve historia 
Allá por el año 1981, concretamente el 23 de noviembre, Manuel Carrera abrió las puertas de la Administración de Loterías nº 2 de Arcos de la Frontera, en la calle San Francisco número 29, de la que posiblemente sea la ciudad más bonita y pintoresca de la famosa Ruta de los Pueblos Blancos de la Serranía de Cádiz. ¿A que no se nota nada que quien escribe estas palabras es de Arcos? Pues bien, transcurrido algún tiempo, Juan Manuel Carrera Manzano, hijo del señor de antes, se incorporaría a este despacho de loterías. El 15 de julio de 2005, y con el padre de Juan Manuel Carrera ya jubilado, la administración se trasladaría al número 23 de la misma calle, o lo que es lo mismo, 3 puertas MÁS ABAJO. Lo de resaltar la expresión "más abajo" no es ninguna tontería aquí en Arcos, ya que al tratarse de una ciudad situada en lo alto de una montaña y con unas calles empinadísimas, lo de más arriba y más abajo cobra una importancia muy a tener en cuenta. Y si no que se lo pregunten a los turistas.

Ahora es cuando Pilar Boto, o sea, yo misma, entro a formar parte de esta historia que les cuento, ya que el 9 de junio de 2014, después de que mi marido me metiese en este embolao, paso a ser la nueva administradora de esta administración. Vaya una redundancia. Como eso de llamarla Administración de Lotería nº 2 de Arcos, aunque lo sea, no nos terminaba de convencer y, ¿como decirlo?, nos sonaba un poco soso, decidimos ponerle un nombre y darle una imagen, y El Espejito Roto, así como el logotipo que lo acompaña, nos parecieron de lo más salao. Además, que nadie se asuste, ya que este espejito roto es mágico y no da mala suerte, sino todo lo contrario.

Resulta que gestionar un negocio como este es algo que me encanta, pero como el que me metio en el embolao y una servidora somos de lo más inconformistas, no paramos de devanarnos los sesos para ver que otras oportunidades de negocio puede ofrecer una administración como esta. Y en ello estamos. Seguro que se nos irán ocurriendo cosas.

Espero que esta historia haya parecido todo lo breve que se anunciaba en el enlace de la página de inicio. ¿Que no lo ha parecido? Pues lo siento muchísimo, en serio, pero aunque lo he intentado, no he podido hacerla más corta.
 Conoce algo de Arcos 
Puesto que siempre se ha dicho que una imagen vale más que 1000 palabras, y aquí lo pensamos exactamente igual, ahí van 6 que valen más que 6000. Las 6000 palabras, si a vosotros no os importa, las dejaremos para otro día.
Pues ahí queda todo dicho. ¿A que sobraban las palabras? Lo que decíamos, las dejamos para otro día.
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 Érase una vez... 
    Érase una vez un espejito azul que, durante años y años, permaneció olvidado en el fondo de un baúl, en la casa de un hombre desconocido, situada en un bosque encantado de un país del que nadie se acuerda.

    Una noche, el hombre desconocido abrió el baúl para buscar algunas herramientas que necesitaría por la mañana para reparar una gotera que, cuando se acostaba, lo volvía loco con su "plic plic plic". En el fondo encontró a nuestro pequeño espejo, el cual no sabía como habría ido a parar allí. Lo cogió y, al ver su propio reflejo por primera vez en su vida, comprobó que su cara era horrible. Tanto le enfadó su fealdad, que lanzó el espejito por la ventana a la vez que maldecía su espantoso rostro.

    En un bosque cualquiera el espejito habría caido al suelo sin más, pero este era un bosque encantado, y en este tipo de bosques, como todo el mundo sabe, nunca faltan ninfas, elfos, gnomos, y como no, espíritus del bosque, que todas las noches, mientras vagan entre los árboles, van dejando tras de sí un halo de alegría y felicidad, que hace que todos los seres del bosque, tanto los mágicos como los que no lo son, convivan en armonía. La casualidad quiso que uno de esos espíritus cruzara por delante de la ventana cuando el espejito salía disparado por ella, y como no, la magia tuvo lugar.

    Sin darse cuenta, el espíritu del bosque se fusiono con el espejito al ser atravesado por este, lo que hizo que se sintiese muy raro. Levitaba como de costumbre, pero notaba una sensación extraña. Por primera vez en su larguísima vida sintió la caricia del viento, el roce de las hojas que caían de los árboles, el frescor de la noche. Al pasar por encima de una charca iluminada por la luna, se vio reflejado en ella, y comprendió lo que el embrujo del bosque había hecho con él.

    Al principio se sintió confuso y asustado, pero después comprendió que el cambio le beneficiaba, ya que continuaba siendo el mismo de antes y con los mismos poderes mágicos de siempre, pero ahora podía percibir una serie de sensaciones que siendo incorpóreo jamás habría imaginado. Y eso le gustó.

    Se consideró tan afortunado que sintió ganas de sonreír, pero había un problema, y es que, como le ocurre a cualquier espíritu de cualquier bosque encantado, nunca en su vida había sonreído. Tanta concentración y esfuerzo empleó en sonreír por primera vez, que al principio su cristal comenzó a romperse, pero al instante, su magia impidió que se siguiera rompiendo, y consiguió dibujar una sonrisa en su cara que nunca jamás le abandonaría.

    Sentirse tan afortunado le hizo pensar que, además de proporcionar armonía, como siempre hizo, podría también repartir fortuna allá por donde se necesitara. Pensó que los humanos, aquellos seres de dos patas tan raros, eran los que andaban más necesitados de lo que él podía ofrecer. Y así lo hizo. Todas las noches salía a vagar por ahí, pero ya no lo hacía entre los árboles del bosque encantado, sino por aldeas, pueblos y ciudades de todo el mundo, repartiendo alegría, felicidad, y como no, suerte.

    Si por la noche veis un extraño y pequeño destello en movimiento, ¿quién sabe?, a lo mejor es El Espejito Roto, pero no un espejo roto cualquiera, sino el único que, al contrario que otros, no trae la mala suerte, sino la buena, pues su rotura fue consecuencia de algo tan bello y mágico como es sonreír.
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